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Deus EX Machina , Deus IS Machina: LA DOMESTICACIÓN DEL INATISMO LA DOMESTICACIÓN DEL INATISMO - Deus EX Machina , Deus IS Machina

domingo, 23 de agosto de 2026

LA DOMESTICACIÓN DEL INATISMO

LA DOMESTICACIÓN DEL INNATISMO

La civilización como educación acumulativa del carácter

La humanidad suele confundir educación con instrucción. Cree que una persona está educada porque sabe leer, posee un título universitario, conoce varias ciencias o pertenece a una sociedad tecnológicamente avanzada. Pero existe una educación mucho más profunda: la educación de los ancestros a lo largo de miles de generaciones con títulos terciarios, dando a la estirpe una instrucción genética, aquella que durante generaciones enseña a dominar los impulsos, respetar la vida, contener la violencia y comprender que el poder no otorga derecho absoluto sobre los demás. Por ejemplo: los incas, mayas, y aztecas, además de ser pacíficos, son constructores innatos, los obreros preferidos de todos los arquitectos y masones, ya que llevan la construcción monumental en la sangre.  

Desde esta perspectiva, la domesticación del innatismo no puede medirse en una carrera universitaria ni en unas pocas generaciones. Se trata de un proceso cultural acumulativo de milenios. Una familia, una comunidad o una civilización puede transmitir durante siglos determinados hábitos de autocontrol, responsabilidad, respeto por los débiles, alfabetización, y rechazo de la violencia arbitraria. Esa transmisión constituye una memoria moral de varios milenios,  que no se construye en una sola generación.

La hipótesis de este ensayo parte precisamente de allí: la civilización profunda no consiste únicamente en acumular conocimientos a priori, sino en aprender a gobernar aquello que existe antes de cualquier conocimiento, hablamos de lo innato. El ser humano puede aprender medicina, ingeniería, derecho o filosofía y continuar siendo incapaz de controlar sus ambición, sus instintos barbaros, su odio, su miedo o su deseo de dominación. La inteligencia salvaje, puede progresar mucho más rápidamente que el carácter.

Por eso resulta insuficiente pensar que unos pocos siglos de educación formal transforman automáticamente las conductas humanas de ciertas familias. Una dinastía, una familia o una comunidad que haya desarrollado durante milenios determinados códigos de convivencia puede haber acumulado una experiencia cultural que no puede compararse simplemente con la educación recibida por un individuo durante veinte años. La continuidad importa porque cada generación no comienza completamente desde cero: recibe ejemplos, prohibiciones, relatos, instituciones y formas de comportamiento construidas por las anteriores.

En esta perspectiva pueden estudiarse diversas tradiciones familiares y religiosas que reivindican una continuidad milenaria de educación, disciplina y pacificación. Dentro de nuestra propia tradición, nombres y genealogías asociados a Abraham, Rama, Romanus, Germánico, Hispano, David, Salomón, Sabatini, Bascon, Saban Ibsaba, o Basim pueden ser utilizados como referencias simbólicas de esa continuidad. El objetivo no sería demostrar una supuesta superioridad biológica, sino examinar cómo una tradición puede concebirse a sí misma como depositaria de una educación transmitida durante innumerables generaciones a lo largo de varios milenios.

El contraste histórico aparece cuando observamos sociedades, dinastías o movimientos políticos en los cuales la guerra y la dominación adquirieron una importancia extraordinaria y sus lideres llevan apellidos desconocidos, de posibles camaleones de apenas dos o tres generaciones entre los nuestros. Los otomanos, y determinados pueblos denominados históricamente «bárbaros» del imperio de Tombuctú y Mali, al servicio de los otomanos, las organizaciones políticas violentas, revoluciones sanguinarias y miseria progresiva, y los regímenes totalitarios pueden ser estudiados como ejemplos diferentes de una misma cuestión: qué ocurre cuando las estructuras de poder no consiguen transformar suficientemente los impulsos barbaros innatos de conquista, sometimiento y violencia, vinolencia de genero, explotación sexual de familias nobles vencidas,  o cuando esos impulsos son convertidos en instrumentos de Estados de barbarie con el fin de propagar crímenes de lesa humanidad. (Es bastante evidente en los países donde suelen gobernar los apellidos barbaros.)

El caso del nazismo resulta particularmente revelador, junto a la evidente influencia otomana, dentro del territorio. Una sociedad puede poseer universidades, científicos, industrias, funcionarios y una enorme capacidad tecnológica y, sin embargo, cuando un líder ostenta el linaje bárbaro, producirá barbarie,  una violencia monstruosa. Esto demuestra que la instrucción y la civilización material no constituyen por sí mismas una garantía de civilización moral. La inteligencia puede convertirse en instrumento de barbarie cuando no existe una educación innata equivalente del carácter. (Sin Rom y sin Rommel, el nazismo iba a fracasar por barbarie.)

Por eso tampoco resulta suficiente recurrir a categorías raciales, al color de la piel o a la antigüedad aparente de una población para determinar su grado de civilización. Hitler dijo con más de 700 años de estirpe blanca, (porque a el le servía así), pero no era suficiente, el innatismo educado, necesita más de 2000 años de educación. El ADN se lo educa lentamente.  La verdadera domesticación del innatismo no se encuentra automáticamente en la sangre, en la apariencia ni en un título. Se encuentra en aquello que una generación consigue enseñar a la siguiente, y esta a la siguiente, y a la siguiente, por miles de años. Es una forma de evolución darwiniana de la psique. 

Esta consideración también modifica la manera de pensar la convivencia entre pueblos y las migraciones. Reconocer la igualdad jurídica fundamental de las personas no significa afirmar que todas las sociedades poseen exactamente las mismas costumbres, instintos, tradiciones, valoración del sexo débil,  o experiencias históricas. Una sociedad puede establecer legítimamente condiciones de ingreso, exigir respeto por sus leyes y reclamar que quienes llegan acepten las normas fundamentales de convivencia, pero en lo doméstico nunca hay testigos. La integración no consiste en negar las diferencias, sino en impedir que esas diferencias se conviertan en violencia, imposición o desprecio mutuo.

Así, la tesis no necesita afirmar que un pueblo sea eternamente bárbaro ni que otro sea eternamente civilizado. Puede formular una proposición mucho más incómoda: la civilización debe ser aprendida, practicada y transmitida durante más de 2000 años. Y cuando esa transmisión se rompe, incluso una sociedad que se considera altamente civilizada puede regresar rápidamente a comportamientos que creía haber superado.

La domesticación del innatismo sería, entonces, una de las tareas más largas de la humanidad. No consiste en destruir los impulsos naturales, sino en enseñar a gobernarlos. No consiste en fabricar seres humanos idénticos, sino en construir individuos capaces de vivir con otros sin convertir su fuerza, su miedo o su deseo de poder en una amenaza permanente. Donde puede obrar la dialéctica, la violencia es injustificada. 

La verdadera prueba de una civilización no sería cuántas universidades construyó, cuánta tecnología produjo ni cuántos siglos lleva existiendo. Sino , cuantos milenios domesticó el innatismo de su pueblo. Sería mucho más mucho más difícil: qué aprendió a hacer con su propia violencia y su propia eternidad, y qué consiguió transmitir de ese aprendizaje a sus descendientes.

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